Cinco euros y una bolsa de pipas

Justina rodea despacio el tablero mientras se oye el agudo y lejano portero automático que sale de la cocina. Se acerca a la ventana. Corre las cortinas con una mano. Queda apoyada sobre el cristal y contempla, desde más cerca, la cara de aquel chiquillo despegado. La anciana suspira. Igual de rubio que su padre, pero tiene más pelo, en eso ha salido a su madre. A su padre también se le daba bien la pelota, cuántas bombillas de la maquina rompió con los goles que metía en casa mientras yo terminaba los pantalones para Sepu. ¿Y no mirará pa’rriba, el desgraciao éste? Mira que no subir a darme un beso…..