Cuando tarde parece nunca

Un Parkinson repentino se había adueñado de la firmeza de sus manos. Aquellas que con tanta fuerza y cerrazón habían estado encadenadas tres semanas antes a los barrotes de la ventana de su casa, delante de la indolente cara de Don Gregorio y su ejecución hipotecaria. Ahora temblaban por la incertidumbre y la rabia de no saber cómo hacer frente a lo que se le comunicaba en esa misiva demorada[…]Los ojos de Ramón se llenaron de rabia, y resentimiento, y pena. Hilos de dolor recorrieron sus mejillas y gotearon sobre el retrato de su esposa. Sonó su móvil, el rostro de su hijo Manuel en la pantalla enmudeció sus lágrimas[…] Continúa en el enlace