Del Ying y el Yan. II parte

No todo puede dejarse atrás en un instante. Por mucho que tu cuerpo quiera estar relajado y presente en ese lugar y  momento para disfrutar, hay ocasiones en las que las experiencia pasadas han dejado heridas tan profundas, que impiden que tu mente sea capaz de despojarse del estrés, el cansancio y la tristeza. Por eso, las primeras horas de estas vacaciones,  estaban siendo un tira y afloja entre lo que nuestro cuerpo y mente querían y necesitaban, y lo que verdaderamente éramos capaces de lograr. Bien es cierto que el paisaje, la temperatura del lugar y el sonido acompasado del mar hacían de buenos consejeros para cambiar nuestro Ying por su Yang.

La primera noche había pasado sin apenas horas de sueño para mi.  Mis tres mosqueteros dormían como benditos, pero había otros dartañanes en el apartamento de abajo que en un idioma que no conseguí averiguar, canturreaban algo parecido al Despacito mezclado con mucho whisky y ganas de cachondeo.  Casi cuando ya había conseguido convertirlo en mi canción de cuna y estaba atrapando a Morfeo por el pescuezo para postrarlo a mi lado, me desvelaron los gritos de una chica que parecía que la estuvieran ahogando. Me incorporé y  quedé sentada al borde de la cama, poniendo los cinco sentidos en la penumbra de la habitación intentando aclarar el motivo de tanto aullido. Se juntaban risas con llanto, jadeos con suspiros. Alargué la mano sobre la mesilla para ponerme las gafas y escuchar con claridad. Si , escuchar con claridad. Se que parece absurdo, pero es algo que nos pasa a algunas personas que llevamos gafas graduadas, que a la vez nos sirven para amplificar los sonidos, tipo sonotone.

El caso es que ya con las gafas puestas me lancé a espiar  el origen del escandalo. Me palpitaba el corazón por la desazón de encontrarme el cuerpo de una muchacha degollado en el balcón de al lado, o cabalgando sobre los muslos de su corsario, y continué avanzando hasta el exterior del salón. Desde marco de las puertas de aluminio seguía sin descifrar si eran llantos o jadeos, así que decidí avanzar dos pasos más. Y allí estaba, el del Despacito con Whisky poniendo en practica con una muchacha de melena rubia y muslos apretados, todo eso que, en un español muy ardiente, nos canta este verano Luis Fonsi. Noté como el calor ruborizaba la mejillas, me sentí de repente un poco voyeur y corrí a meterme de nuevo en la cama con mucha vergüenza en el cuerpo.

Por la mañana en el desayuno del buffet busqué entre los huéspedes a la melena rubia más por ver si la cara era de felicidad que por saber de su identidad, pero debía estar reponiendo fuerzas o cabalgando al amanecer, quien sabe.

-¿Buscas a alguien?- Me preguntó Luis que había advertido mis movimientos de mi cabeza a un lado y otro del buffet.

-¿No lo oíste anoche? ¿ De verdad que no os enterasteis de nada?- pregunté un tanto extrañada por el volumen de la bacanal que tenían montada abajo

-Algo , entre sueños, pero con el antihistamínico no podía abrir los ojos, ya sabes que me deja grogui.¿ qué pasó, pasó algo interesante?

-Bueno , interesante, mucha juerga y un poquito de amor y desenfreno- tampoco quise continuar las explicaciones porque Bruno ya estaba poniendo la oreja y abriendo los ojos para que siguiera contando.

-Hombre , pues eso se avisa- me contestó Luis con una pícara sonrisa de medio lado.

-Si claro, y nos unimos a la fiesta , no? Si estabas como un ceporro. Además me dio vergüenza, pero por haberles espiado, me hizo sentir como una vieja verde de repente,¡ qué horror!

-¿Por eso? ¡¡Vah!! No digas tonterías, pero la próxima vez me despiertas, aunque sea con agua fría, jajaja.

El buen humor siempre ha sido su leitmotiv. Fue una de las cosas que me enamoró de él. Siempre buscando la broma o el lado irónico de las cosas. La ironía. En esto sí nos parecemos . Un nexo de unión entre los dos. Y la ironía nos ha salvado de caer en tantas ocasiones estos últimos meses.

-Tranquilo, a la próxima te despierto aunque sea subiéndome encima- y le guiñe una ojo y parte de la cara porque soy incapaz desde niña de no torcer el labio cuando guiño, es como si me tirasen de un hilo desde arriba como a los títeres del retiro.

Salimos hacia el coche de camino a la primera de la excursiones planificadas para estos días. La cámara de fotos nos ardía entre la manos, estábamos deseando empezar a enfocar con el nuevo objetivo. Pero Bruno y Mario no estaban por la labor de dejar abandonada y sola la piscina del hotel, por lo que ya nos tocó la primera de  las discusiones del día. Conseguimos convencerles a sabiendas que por la noche la revancha serían varias partidas de billar pese al cansancio.

Tras esquivar una caravana de kilómetros y kilómetros por la carretera comarcal, consiguiendo llegar a la autopista, llegamos cerca de Lagos, a la Ponta da Piedade, como se dice en portugués. El atascazo he decir que no se había producido por ningún accidente, era más bien por esa manía que tienen casi todos los ayuntamientos , también los lusos, por asfaltar en verano , así recaudamos un poquito más por la de pago.

No pasa nada, porque el lugar mereció la pena. Además el tiempo nos dio un respiro y aunque la luz no era la idónea para las fotos,  el sol decidió irse a descansar un ratito entre las nubes del poniente. Al principio nos dio canguelo seguir los pasos de los otros visitantes que se metían por caminos no muy ortodoxos para captar las mejores imágenes de aquellos audaces acantilados. Pero el lugar lo pedía.

Bajamos hasta las grutas donde los barcos de pescadores acostumbraban a pasear a los turistas en días de mar en calma. Pero ese día era imposible, el mar nos intimidaba, rugía entre las rocas y nos lanzaba sus zarpas de espuma queriendo atrapar nuestra curiosidad . Me agarré a un pequeño barrote que hacía las veces de pasamanos en una pequeña pasarela donde abordaban estas barcazas a menudo. Mire de frente a nuestro furioso anfitrión y cerré los ojos notando como sus aguas rozaban tímidamente mis pies. Respiré hondo, exhalé hasta limpiar mis pulmones de tanta lágrima y tristeza. El salitre penetró por mis poros y elevó mi cuerpo unos metros para poder observar la escena desde la punta del acantilado. Como en un sueño, casi mágico. Notaba como el vestido jugaba a un pilla con el viento y mis rizos se enredaban y desenredaban con sus silbidos .Y entonces, al suspirar muy hondo, sentí como el mar me regaló su energía para encontrar de nuevo la paz que habíamos perdido. Abrí los ojos , gire mi cara hacia Luis que había dejado de disparar , saco su pulgar y me sonrió.  Continuará…  

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