Espejo, espejito de ese Murphy

Da lo mismo la prisa que lleves, puedes haber hecho todo lo posible por llegar cuanto antes a tupecera destino, a tu descanso deseado, a tus días de asueto, que si Murphy no está de tu lado, llegarás cuando tengas que llegar.

Aquí estamos los cuatro, Bruno, Mario, Gordí y yo, en una gasolinera a 250 km de nuestra mini-vacaciones a las 9.30 de la noche, esperando a que Pedro vuelva a por nosotros una vez que saquen toda la gasolina de nuestro deposito de gasoil. Y es que el día prometía. Y se cumplió.

Todo empezó cuando, intentando restarle a mi rostro el maldito bello que sale donde no debe, pinzas en mano, vi como caía mi espejo espejito mágico al suelo haciéndose añicos. ¡Mierda, mierda! No , no soy supersticiosa, pero por si las moscas, bajé corriendo en busca alocada de sal para espolvorear mis hombros , mi cabeza y medio cuarto de baño. Me armé de valor y con decisión y cepillo y cogedor en ristre, recogí los trozos del cristal intentando evitar que ninguna parte de mi rostro se viera reflejado en ellos. Pero vamos, no por nada, solo porque las almas errantes no se fijasen en mi aterrada geta. ¡No pasa nada, no pasa nada! Me cantaba yo misma.

Tenía cuatro horas antes de recoger a los niños en el cole, salir a por el padre al trabajo y ponernos de camino a la playa , con el hándicap de llegar antes de las 20.30 para que pudieran ver el derbi futbolero. Parecía tiempo suficiente para terminar las maletas, cambiar de agua al pez, a la tortuga, limpiar las jaulas de los hámster, comprar el collar antiparásitos del Gordí, hinchar las ruedas del coche y comprar comida para llevar. Meternos todos en el coche y , ale, a por nuestro merecido descanso.

Yo seguía repitiendo toda la mañana el mantra, “no pasa nada, no pasa nada, es una bobada”, ya había incluido hasta ritmito y me acompañaba escaleras arriba, escaleras abajo. Hasta los pies iban al compás del estribillo improvisado. Y claro, tanto cantar y bailar para ahuyentar los miedos que al final, tropezón, traspiés y………… allá que se fue la pecera más allá del fregadero ¡NOoooooo…….!¡Dragón al suelo!…….¡Ay, pobre! ¡Aleteaba, y cómo aleteaba! El minúsculo pececillo de color rojo parecía ponerse morado por momentos mientras yo intentaba, sin éxito, mantenerle entre mis manos, pero era imposible. Por más cuidado que ponía para no hacerle daño y meterlo en un vaso con agua, el pequeño saltamontes acuático no hacía más que resbalar de entre mis dedos y volver a caer al suelo. Y Gordi danzando alrededor intentando reconocer aquello que no hacía más que saltar y saltar de mis manos al suelo y del suelo a mis manos ¡Quita Gorda que esto no se come, que no es una chuche, hombre! Y ella venga a mover el rabo y poner cara de ¡ñam, ñam, ….mío, mío! Y yo pensé en el espejo, ¡no pasa nada, no pasa nada, es una bobada.

Conseguí, por fin, meterlo en un vasito con agua y anotar otro pendiente más en mi lista, pues ahora , además de comprar el collar para Gordi, también debía comprar una pecera nueva. No pasa nada, hay tiempo, que sí. Aseé el resto de bichos de mi zoo particular y me dispuse a terminar de meter la ropa que me quedaba en las maletas. Nunca antes había tenido que hacerlo, pero eso de sentarse encima de la maleta para poder cerrarla, da resultado. O estos niños crecen muy deprisa o yo cada día elijo peor lo que meto en las dichosas bolas de viaje. El caso es que los zapatos sí que no entraban, así que a expensas de llevarme la charla de turno del tipo de: ¡que solo son cuatro días, parecemos un circo , JODER! a lo que yo respondería, ¡LA PRÓXIMA LA HACES TÚ A VER CUÁNTAS MALETAS TE SALEN, LISTILLO! decidí bajar al trastero a por otra bolsa.

Para ganar tiempo, dispuse todas las bolsas en la entrada, las dos maletas, la bolsa de los zapatos, la mochila de los juguetes, videojuegos y demás artículos de entretenimiento, mi portátil para seguir escribiendo este diario , y toda la ristra de cargadores, la bolsa de la Gordi con su comida, chuches, cartilla y correas. Cogí una de las correas y entre salto y salto, conseguí enganchársela al cuello para salir y dar un pequeño paseo, aprovechando a tirar la basura para que a la vuelta los olores a comida putrefacta no se hubieran adueñado de nuestra casa.

Salí de casa con las manos aturulladas de bolsas y mirando el amenazante cielo grisáceo que parecía estar esperándome a mí. ¡No por favor, no se te ocurra! Le imploré. Pero según bajaba la cuesta de la calle, evitando encontrarme con ningún vecino ni compañero de juegos de Gordi, el cielo empezó a tronar y a soltar gotas como si fueran escupitajos a traición. Yo no acertaba a correr al ritmo de la perra con las bolsas entre mis dedos y la correa arrastrándome calle abajo. Aún no se cómo conseguí llegar a los cubos sin besar el suelo, eso sí empapada hasta las bragas. Me faltaba aún medio camino para llegar a la tienda de animales y poder eliminar de la lista otra tarea más.

Debía llevar unas pintas de esas de ¡no puedo más con mi vida! pues la chica del mostrador no podía dejar de mirarme a la vez que ponía cara de ¡yo de mayor no quiero ser como tú!. Ya me lo contarás, bonita, pensé yo, pero no tenía tiempo de tonterías. Me quedaba media hora para recoger a los niños y aún no había comprado comida para el camino.

Como alma que lleva el diablo, salí de la tienda. Gordí tiraba como un demonio y yo trataba de hacer lo posible por seguirla sin que se notase que era ella quien me lleva a mí y no al contrario. A la vuelta te llevo a adiestrar, o mis brazos dejarán de formar parte de mi cuerpo. Necesitaba tiempo para llegar meter al pez en su nuevo hogar, alimentar a todos los animalitos evitando que muriesen de empacho o inanición durante los cinco días de ausencia, y cambiarme por lo menos las bragas no se me fuera a constipar algo.

En la puerta del colegio, con el coche cargado hasta los topes,( la charla de Pedro me la llevo seguro), intentaba ocultar mi cara de ¡NO PUEDO MÁS! tras una de ¡NOS VAMOS A LA PLAYA , CHICOS! pero la frase lapidaria de Mario, ¡Mamá, por qué no te has peinado hoy!?, no hizo más que enfatizar mi cara de ¡NO PUEDO MÁS! No pasa nada, ya nos quedaba menos. ¡MIERDA! ¡LAS RUEDAS, LA PRESIÓN! Se me había olvidado y con el coche cargado no me acordaba si llevan la misma presión o no, o eso es el aceite, ¡ay , no sé! Da igual ! Yo las hinché y que saliera el sol por donde sea, si quiere.

Obviamente, llegamos tarde a por el padre que esperaba con cara de ¡VAYA HORAS BONITA, QUE ASI NOS PERDEMOS EL FUTBOL! Aunque tras martillear sus tímpanos con el relato de mi mañana, decidió cambiar la cara por un ¡Menos mal que estaba currando! No pasa nada, no pasa nada, es una bobada, canturreaba yo cuando a doscientos km de casa Mario comienza a chillar como un poseso ¡Me meo, mamá! ¡No puedo, se me sale! Mamá, mamá mamá! A lo que su padre responde Pero estos niños no saben que se sale meao y cagao de casa? mirándome con una mezcla de incredulidad y celeridad que le desencajaba el gesto.

Ya pero es que han salido del cole, no de casa, te recuerdo. Y como este hombre no sabe parar en una gasolinera sin echar gasolina, pues eso es lo que hizo. Con las prisas, llenar el depósito de gasolina, en lo que el niño hacía sus necesidades, y mandaba las de su padre al carajo. La cara de Pedro al comprobar que había elegido la manguera equivocada , era todo un poema, nada que ver con la mía de esta mañana. No pude más que reirme, y cantar

No pasa nada, no pasa nada, esto es una bobada……querido Murphy!

 

 

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