Yemas encarnadas

Al retomar mi camino, compruebo que las ramas tiene un color rosáceo. Me acerco pues no se ven flores todavía , es demasiado pronto para que brote nada . Las ramas están repletas de yemas tímidamente encarnadas que, prematuras, tienen ganas de abrirse a una nueva estación que les de la bienvenida. Como tú. Siempre esperaste de mi un recibimiento que se quedó encerrado en el cajón de la mesilla, bajo llave y escrito a pluma después de cada despedida en mitad de la noche. Que te diera un motivo para quedarte a mi lado la luna entera, y pese a los secretos y mi espalda desnuda y fría sobre la cama, no te rendiste a la primera de cambio. Pero yo. ¿Qué hice yo? Yo sí me había rendido a la incapacidad de sentir placer unos cuantos años antes de conocerte, pero entonces Javier, entonces no lo sabía y no lo supe hasta mucho tiempo después de no volver a verte. En mí, todo se había roto en aquel viaje. Yemas encarnadas

Había volado hasta la ciudad de los rascacielos. Necesitaba perfeccionar el inglés y no se me ocurrió mejor idea que hacer un curso intensivo allí. Podía haber elegido Londres o Dublin, pero estas ciudades ya las conocía y quería aprovechar la ocasión para dar el gran salto y pasear por Times Square, hacer running en Central Park y gritar desde lo alto del Empire State como en su día lo habría hecho el mismísimo King-Kong. Llegué con la mochila cargada de planes, de libretas llenas de listas que continuaban en la hoja siguiente sobre cosas que no podía dejar de hacer, lugares que ver, espectáculos que disfrutar… en fin, todo un despliegue de medios para poder olvidarme de las rutinas familiares de Madrid.

En aterrizaje en la Gran Manzana fue realmente de película. Dentro del taxi, de camino al apartamento que había alquilado entre la calle 57 y la 58 , muy cerca de Central Park, mirando por la ventana recordaba escenas de Kramer contra kramer, Tootsie, Algo para recordar, Cuando Harry encontró a Sally, Sucedió en Manhattan, Solo en casa… tantas y tantas que no paraba en el asiento de atrás, acompañando los giros del conductor al volante con arrebatos sobre el cristal con cara de mema abriendo la boca sin parar y gritando ¡ala , esa calle salía en .. y ese edificio… ala, ala y el Empire State que alto es! La primera noche en el apartamento no era capaz de conciliar el sueño más por la sobrexcitación del recorrido que por el jet-lag. Pero es que además , en el apartamento de al lado no dejaban de escucharse gemidos y risas, la voz grave de un hombre que de repente hablaba en susurro mientras una carcajada femenina rompía el silencio de una noche que parecía ser excitante no solo para mí.

Central Park_reflejos

Mi estudio , porque no se podía llamar apartamento, parecía tener además, las paredes hechas de papel de fumar. Era una pequeña habitación de unos 25 metros cuadrados, con un sillón cama de tapicería algo desagradable y rasposa al tacto marrón chocolate , una mesa plegable pegada a la ventana con dos sillas negras de madera apoyadas y cerradas sobre ella.  Había un trozo de encimera beige, con un pequeño fogón eléctrico incrustado, demasiado cerca de un fregadero de porcelana con rayones del color de la tapicería del sillón, en el que cabían dos vasos y un plato puesto de canto, con un grifo que no paraba de gotear cada 5 segundos muy posiblemente constipado por el frío que allí hacía, pensé. Justo al lado un frigorífico de los que ahora llaman vintage, pegadito a la puerta de un baño que juntaba la ducha con el water en una proximidad realmente desagradable. No parecía haber ni cafetera ni microondas, por lo menos a la vista, y no había muchos muebles más donde esconder nada. La televisión colgaba de encima de la puerta del baño, en peligro de muerte por estrangulamiento por su cable de antena.  Pero en fin, era lo que podía pagar por 1 mes en Nueva York a menos que me hubiera ido a Brooklyn o Queens o más allá, y yo quería estar cerca de todo el meollo de aquella célebre ciudad, para poder caminar y caminar por sus calles.

Decidí encenderme un cigarro, el último, me dije, para intentar calmar la ansiedad y, por qué no, recrearme en la imagen de Carrie Bradshaw en los primeros episodios de Sexo en Nueva York. Así que abrí el quicio de una ventana de madera blanca y vieja, y asomé medio cuerpo por ella con el cigarro entre mis dedos. No había dado la primera calada cuando la voz grave rompió mi momento de serie americana, o quizá no.

-Hi !Give me a light , please?- una mezcla de Brad Pitt y Javier Bardem se asomaba por la ventana del apartamento del que procedían las carcajadas y lo gemidos pocos minutos antes.

-Sí claro, quiero decir, Yes, yes … – y no me salían más palabras en inglés, solo balbuceos que parece le pusieron con demasiada celeridad a mi nuevo vecino sobre la pista del origen de mi pasaporte.

-Españolo? Spanish, yes?

-Sí, digo yes, spanish , demasiado evidente verdad?

-What?- el prototipo de hermano pequeño de Thor, se encendió el cigarro y desapareció por la ventana al tirón de una mano que me dejó con la frase de aclaración en la boca.

Esperé  unos minutos por si volvía a salir y me dejaba preguntarle por qué era tan evidente mi acento, pero tras acabar las últimas caladas de mi cigarrillo, con los primeros gemidos de la mano seductora, decidí volver a la penumbra de mi habitación e intentar conciliar el sueño.  Pero la oscuridad del estudio se iluminó por un mensaje en el móvil. Era mi madre.

“Entiendo que has llegado ya y que estás bien. Gracias por avisar hija, tu padre te desea felices sueños” 

No podía parar de hacerme sentir culpable ni a 6000 km de distancia. No me dejaba en paz ni en otro continente.

 

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